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El Nevado San Cristobal 

 

 

En lejanos tiempos, antes de que llegaran los españoles, Huaraz fue una bella ciudad de piedra. Fecundos campos la rodeaban de maíz, de quinuas, de papas y pastos. Tenía jardines hermosos, terrazas y plazas.

 

El señor de todo era el anciano cacique Pumakayán. Señor del valle y de la puna, del pasto y del agua. Pero era magnánimo y paternal. Vivía en un palacio sólidamente construido por piedra, en la parte más alta de la ciudad, desde donde contemplaba el paisaje y a los astros que eran sus dioses.

 

Tenía una hermosa hija nacida en luna llena. Su nombre era Sumaq Quilla. Así la llamaron, porque era tan hermosa como la misma luna en noches de junio. El anciano jefe era feliz, igual que sus súbditos.

 

Pero llego el día de las sombras y el llanto. Las piedras de la ciudad se cubrieron de pena y odio. Poderosos ejércitos, venidos del Cuzco, pedían su rendición. El anciano Pumakayán celebró consejo y todos los ancianos decidieron no rendirse. Estalló la guerra. Los Waras eran bravos guerreros e infligían cuantiosas bajas a los soldados invasores. Cuyo jefe era el general Cápac Yupanqui, hermano del inca Pachacútec. Cápac Yupanqui, les pedía todos los días su rendición, pero la respuesta de los Waras era la guerra. Entonces, el astuto general recurrió a otras artes. Pensó raptar a las mujeres de la ciudad. Para eso, hizo construir túneles.

 

Las raptadas fueron respetadas y, portando valiosos obsequios de oro y plata, retornaron a sus casas. Así quedo demostrado que Cápac Yupanqui venía con deseos pacíficos y de ayuda.

 

Los Waras, cansados de tanta lucha y hambre, ante  ese rasgo de generosidad y decencia, acordaron recibirlos. Y ambos jefes, y los dos ejércitos, sellaron su amistad con un abrazo.

 

Entre los generales de Cápac Yupanqui, había un bravo jefe; el general Anco Ayllo. Cierta vez, contemplo a Sumaq Quilla, que se paseaba acompañada de sus princesas, en la azotea de su palacio. Se prendó de ella. La requirió amorosamente, pero ella altiva, en ningún instante presto atención a sus palabras.

 

Pasaba el tiempo, Anco Ayllo desesperaba. Astuto como Cápac Yupanqui, también tramó un rapto. Una noche de luna, penetró subrepticiamente al palacio, acompañado de sus más fieles amigos. Al llegar a las cámaras de la princesa, se dio cuenta de que estaban vacías. Pues el anciano jefe, noticiado del plan de Anco Ayllo, había hecho escapar a su hija por una puerta secreta que daba al oriente.

 

Sumaq Quilla huyó por el campo. Corría llorando bajo la luna. Anco Ayllo se puso a perseguirla. La princesa atravesó pampas, pampas, ríos, bosques, hasta que, terminada la llanura, escalo las faltas de una montaña. Exhausta, se desmayó, Cuando amaneció y el sol brillaba sobre Huaraz y el valle, la desventurada princesa volvió de su letargo. Y al volver a la realidad, se dio con que estaba en una cañada, en la cumbre. Se alegró de haber escapado de su perseguidor. Mas su alegría se acabó pronto. Anco Ayllo estaba cerca, y la cañada no tenía salida. Se quedó helada de pavor. En el colmo del espanto, cayo de rodillas, imploro al Sol pidiéndole amparo, y cayo exánime. Y en el preciso momento en que el general tendía las manos para asirla, el dios Sol la convirtió en un lago, y a él lo petrificó.

 

El anciano Pumakayán, al enterarse de la desaparición de su adorada hija, murió de pena. Cápac Yupanqui reino desde entonces Huaraz.

 

Pasaron muchísimos años. Los españoles llegaron. Nadie podía asomarse a las orillas del lago en que fue convertida Sumaq Quilla. El que osaba a hacerlo era devorado por las olas furibundas. El dios Sol seguía guardando a la hermosa hija de Pumakayán de la codicia de los viciosos españoles. Para evitarle el ocio y la angustia, hizo llover en abundancia, a las aguas, oro y plata. Oro y plata que la princesa hilaba y convertía en finísimos hilos, con los que tejía preciosos vestidos.

 

También le envió una lluvia de alhajas y de flores vivas. Como guardia de esa fabulosa riqueza, puso a un toro bramador que vivía en el fondo. Y porque la princesa hilaba y tejía entre canticos melodiosos, la gente llamo al algo Aguajkocha, es decir “Lago que teje”.

 

De tiempo en tiempo, el toro salía a la superficie. Se paseaba veloz como el viento, arrancado con sus refulgentes astas, matas, y desportillaba peñas hasta babear de cansancio, y sus babas eran de oro. Después volvía a su profunda morada.

 

Una vez, una pastora perdió su único toro. Buscándolo, escaló las faldas de la montaña, que fue bautizada con el nombre de San Cristóbal. Camino días y días, hasta llegar a las riveras del Aguajkocha, donde asombrada vio a su toro convertido en piedra, en el momento en que había estado bebiendo de las turquesas aguas. Aterrada y triste se volvió, pero a poca distancia, sintió un estremecimiento, y no pudo seguir. Se sentó en una piedra para descansar, y, en ese momento, se convirtió en piedra, junto con el niñito que llevaba en la espalda.

Ardiles Poma, Violeta. 2007. Cuentos de Shullya. Editorial San Marcos.

 

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Creado con Wix.com

Creado por:

Tracy Nicole Depaz Cruz

Jesús Daniel Osorio Támara

Estudiantes

 

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