ETNOLOGÍA
ANCASHINA

El Pishtaco
Estaban conversando, al mismo tiempo que almorzaban, y alguien contó que don Alejandro Talavera había fallecido y que lo estaban velando a pocas cuadras de allí.
Don Sergio, curtido trabajador de una empresa eléctrica, puso una cara de sorpresa y comentó que la muerte es la única que nos uniforma a todos: a ricos y pobres, a chicos y grandes, a niños y viejos, a buenos y malos, y a estos últimos pertenecía el difunto.
Los circunstantes se extrañaron de tal afirmación, porque todos tenían al difunto como una persona notable del lugar y don Sergio dijo que hace tiempo, cuando él todavía era un niño de unos doce años, una tarde se encontraba por unas chacras a orillas de un camino de herradura, por las alturas de Huarás, comiendo habas tiernas. El lugar era solitario. La ciudad estaba lejos y no había casas cerca.
Sergio miró hacia el horizonte y calculó que en dos horas estaría en la ciudad, a puertas de anochecer.
De pronto, escuchó un tropel de caballos. Se incorporó, cuando vio frente a sí a don Alejandro Talavera, con una soga en la mano y en posición de enlazarlo. El muchacho se asustó y emprendió la carrera, pero la soga lanzada le cogió del pie. Don Alejandro lo arrastró como a un animal. El muchacho gritaba ¿pero quién le iba a escuchar en esa soledad?
Para suerte de Sergio, la soga se zafó, pero le dislocó el pie. El susto pudo más. El chico no supo cómo, pero huyó. Un anciano campesino que caminaba por allí lo ayudó y a él le refirió azorado, le dijo que don Alejandro Talavera, el ricachón y respetado, no era sino un temido pishtaco, y que huyeran de allí raudamente.
¡Dios mío, un pishtaco!, ¡hombre que caza hombres como quien lo hace con venados o perdices!, ¿Para qué? Su madre comentó alguna vez que la gente murmuraba que les sacaban la grasa y lo vendían a los gringos para que funcionen los aviones. ¡De razón, de cuando en cuando, la gente buscaba a algún pariente, sin hallarlo jamás!
Pasaron los años, Sergio, ya con más de medio siglo de edad, era trabajador de una empresa eléctrica y un día le enviaron de la oficina a hacer una reparación en la casa de don Alejandro Talavera. Él estuvo buen rato haciendo los cambios de cables, enchufes y focos, etc., pues todo era muy antiguo, tanto como la casa; y cuando terminó, una hija del dueño de casa le dijo que su padre tardaría un rato y que por favor le espere en la sala para que le pague, y le hizo pasar allí. La habitación era muy grande y oscura, pues no tenía ventana, solo por la puerta abierta se filtraba la luz. Cuando los ojos de don Sergio se habituaron a la oscuridad, este divisó, y lo que vio le volvió a la escena traumática de su niñez. ¿Pero qué era? En las cuatro paredes de la sala, estaban colocados infinidad de sombreros, de los más diversos: viejos y nuevos, de lana y de jipe, chicos y grandes, negros y blancos; de distintas formas y estilos: de la zona de las vertientes, de la zona de Conchucos y de los del Callejón de Huaylas.
Don Sergio se quedó helado de pavor ¿con que era cierto que el criminal guardaba alguna prueba de su fechoría? No supo cómo salió; pero, para su suerte, aún estaba en la puerta la camioneta de la empresa, con la que desapareció como alma que lleva el diablo.
Esto contó a los atónitos compañeros de trabajo que estaban con él, y aún agregó lo siguiente: Contó que él era de Huánuco, que a los ocho años se vino a Huarás con unos profesores, y que por esos parajes solitarios, aquella vez, llegaron, en plena oscuridad, sin proponérselo, a una casa muy grande, escondida en la espesura. No pudiendo encontrar la puerta y viendo que la luz se filtraba por la parte alta de la pared, no tuvieron más que hacer una escalera humana y escudriñar qué había adentro. A la cúspide de la pirámide subieron a Sergio, por ser el más pequeño y delgado.
Él estuvo largo rato mirando el interior de la casa, e intempestivamente cayó desmayado.
Presintiendo algo extraño, los cinco profesores: Luis, Julio, Ernesto, Cesar y Sonia, cargaron al niño y huyeron de allí. Lo raro fue que Sergio perdió el habla por casi un año. Los profesores le hicieron curar, pensando que el impacto de la caída le había producido un traumatismo encéfalo craneano; pero lo médicos determinaron que estaba completamente sano. El niño se fue a vivir con la profesora Sonia y sus padres.
Un día se produjo un incendio cerca de la casa de la profesora y, al ver ese fuego, Sergio recuperó el habla. La profesora llamó a los profesores de aquella triste aventura, pues ya todos laboraban en Huarás y, lo que el muchachito les contó, los dejó perplejos. Dijo que al centro de la habitación, grande y vacía, había abundante brasa y encima, a escasos centímetros, pendían tres peroles, y de una viga muy alta colgaban de los pies el cuerpo de tres personas, de cuyos cuerpos goteaban a los peroles una especie de aceite.
Impactado ante semejante, escena, el niño, azorado, divisó alrededor de la habitación y solo vio, en un rincón, cilindros y latas apilados ordenadamente. Al volver la mirada hacia los cuerpos, el pobre muchacho reconoció a su profesor Alejandro, que hacía algún tiempo había desaparecido y de quien se comentaba que, si no había caído al río Marañón, habría sido capturado por el pishtaco, el prepotente y acaudalado conocido como Gringo Bronco.
Este recuerdo hizo que se desmayara y perdiera el habla.
Los amigos de Don Sergio, luego de escuchar sus historias, también empezaron a contar lo que sabían de los famosos pishtacos, y todos los relatos eran cada vez más cautivantes. Pero lo único en que todos estaban de acuerdo, fue que los pishtacos existieron y que la grasa que le sacaban la vendían al extranjero. Comentaban sus supuestos múltiples usos: como aceite de aviones, barcos, máquinas finas, como base de medicinas y cosméticos, etc., y entre temerosos bromearon diciendo que los pishtacos preferían a los más gorditos, y don Sergio lo era.

Ardiles Poma, Violeta. 2007. Cuentos de Shullya. Editorial San Marcos.
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