ETNOLOGÍA
ANCASHINA

Los Enamorados
Hace un tiempo, había una pareja de enamorados que se amaban mucho, pero no podían casarse porque la madre del muchacho no quería como nuera a esa chica. Él se llamaba Pablo; ella, Paula.
Un día los enamorados decidieron huir, caminaron bastante hasta que llegaron a un puente de maderas viejas. Pablo logró cruzar; no así Paula, que resbaló, cayendo al río de heladas aguas y se rompió una pierna. El muchacho la rescató rápidamente, la curó como pudo y cargándola la llevó hasta un trecho, luego volvió por el fiambre.
Y así estuvo haciendo varios viajes hasta que se hizo tarde y también el fiambre empezó a escasear. Sin embargo, ya habían llegado a una inmensa pampa, por donde cruzaba un camino solitario. Allí pernoctaron.
Al amanecer, Pablo dijo que iba a regresar donde su padre a pedirle ayuda, y que ella espera allí, sin moverse y se fue.
Pero nunca más volvió, y la pobre Paula, digna de compasión, murió después de mucho sufrimiento.
Pasaron los años, y un día viajaba por allí un cartero, que llevaba las comunicaciones a pueblos lejanos, y se encontró con el esqueleto de la chica, que yacía recostado sobre una piedra, se impresionó mucho, en eso, los huesos hablaron:
-No me tengas miedo, mi novio me abandono cuando estuve accidentada, prometió regresar con ayuda, pero me olvidó. Sufrí días y noches interminables, solo estos cerros saben de todas mis penas.
-¿Qué puedo hacer por ti?- dijo el buen cartero.
-Por favor, avísale a mi mamá, también al que fue mi novio, porque debe enterrarme, ya que no puedo descansar: Siento mucho calor por el día, y mucho frío por la noche; y estoy tan sola, triste, en tanto silencio.
-Ahora mismo voy a cumplir tu encargo- dijo compadecido, el cartero.
-No olvides decirle a mi amigo que al enterrarme no me coja de los pies, sino de la cabeza- dijo el esqueleto.
El cartero buscó a la madre de la chica y le avisó el encargo, pero ella molesta, porque su hija se había escapado, no quiso saber nada. En cambio el novio se puso a llorar, y arrepentido fue hasta donde estaba su novia.
Llegaron al anochecer. Pablo cavó la tumba apresuradamente y luego dijo al cartero:
-Por favor, ayúdame a enterrarla- y cogió al esqueleto por los pies.
El cartero, recordando la recomendación, dijo:
-¡No! Tú levántala de la cabeza, yo te ayudo de los pies, me será más fácil.
Pablo no quiso, sentía temor:
-¡No! Presiento algo- dijo.
-Tendrás que hacerlo, sino tampoco yo podré- dijo el cartero.Al coger Pablo la cabeza del esqueleto sintió mareos, y como si alguien lo jalara cayó a la fosa, y sobre él se deslizó el esqueleto, aplastándolo. Y ante el pasmado cartero, la fosa se fue tapado sola, como si el viento arrastrara la tierra, y hasta las piedras.
Luego, hubo mucho silencio; que fue roto por un triste reclamo que salía de la tumba:
-¿Por qué me has abandonado tanto tiempo? Te he extrañado mucho, ahora sí estamos juntos los dos, para siempre.
Después, silencio. Solo, lejos, graznaban los búhos.
El cartero prosiguió su viaje sin temor, a pesar de la densa oscuridad. Había una luz tenue, misteriosa, que le alumbraba el camino.

Ardiles Poma, Violeta. 2011. Asikurishun, Riamos Juntos. Editorial San Marcos.
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