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La Bruja Achikeé

 

En un campo solitario, vivió un matrimonio campesino que tenía dos hijos: una mujercita y un varoncito. Como ocurre aún en nuestros tiempos, se produjo una terrible sequía. Ya nada había para comer, solo les quedaba un puñado de maíz.
Una noche, sintiendo que los niños ya se habían dormido, a pareja se levantó sigilosamente para comerse los últimos granos de maíz, luego dejarse morir de hambre.


En la oscuridad, buscaron el tiesto para tostar la gramínea, al no hallarlo se preguntaron muy despacio:
-¿Dónde está el tiesto?
Y una vocecilla respondió desde la cama:
-El tiesto y el movedor están en el rincón sobre el poyo (Callanawan kaspiqa kutaj patakchomi churarekayan).
Esta intervención de los hijitos, los que tampoco podían dormir de hambre, desconcertó y molestó a los padres, quienes ofuscados los cogieron, los metieron a un costal y, llevándolos muy lejos, los tiraron por un precipicio.
Pero un arbusto compadecido, los retuvo entre sus ramas. Ellos entonces, llamaron a gritos, pidiendo auxilio y nadie los escuchaba, solo el majestuoso Cóndor se acercó al oír voces infantiles; los rescató, llevándolos hasta una pampa y, con sus garras poderosas, rompió el costal dejándolos en libertad.


-Gracias tío Cóndor, no olvidaremos tu gesto- dijeron los hermanitos y, tomando el primer camino, comenzaron a avanzar llorosos, desfallecientes. Ya moribundos, llegaron a una choza donde vivía una vieja llamada Achiké, quien no era más que una horrible hechicera.
Ella, fingiéndose feliz y amorosa les recibió diciéndoles que era su abuela, que los había estado esperando y que los cuidaría mucho.
-¡Pobres mis niños, qué flacos están! (Allaw wamrallakuna, uyupuru kekayan)- dijo.
Y les dio de comer papitas, ollucos y ocas sancochadas, pero los niños no pudieron comer porque estas no eran sino piedras de río.
-Estas son piedras, abuelita (Keqa qollushtukunataq awicha)- dijeron los niños y se quedaron con hambre.
Luego, les dio un pellejo para que se durmieran, pero los hermanitos sentían frío; entonces, la cruel Achiké llamó al niño para que se abrigue en su cama.


Al poco rato, el chiquillo empezó a quejarse.
-¡Ay qué hincones, ay qué hincones! (Achachau, achachau)- decía.
Entonces la niña preguntó:
-¿Qué le haces a mi hermanito, abuelita? (Imanallankitaq turillata awicha).
-Nada le hago muchacha, solo es que mis bellos le hincan, por eso llora el flojo (Manam imanatsu shaprakunachi chusin).
Los quejidos se hicieron cada vez más tenues hasta que todo fue silencio.
Cuando amaneció, la niña preguntó por su hermanito:
- Abuela, ¿Dónde está mi hermanito? (Awicha mechotaq turilla).
- Ya se fue a cazar perdices, no es ocioso como tú (Péqa ewkushqa hirkatanam chakuakoq)- dijo la vieja.
Entretanto, en la cocina hervía algo, pero la chica seguía preguntado por su hermano. La vieja molesta la envió a un puquial para que trajera agua en canastas.
La pobre niña intentó de mil formas llevar el agua, pero le fue imposible. Entonces, cansada, regresó a la casa. La Achiké, enfadada, le ordenó que vaya moliendo ají, mientras ella iba por el agua, no sin antes de encargar al wechó (ave agorera) que le silbara en caso de que la chica tocara la olla.
Pero el wechó, compadecido, le avisó a la niña que su hermano hervía en la cocina, que huyera de allí, llevándose su carne y tirando a la olla a Naqtsa, quien era la hija de la Achiké.


Cuando la niña ya estaba muy lejos, el wechó silbó y la vieja volvió veloz como el viento, viendo que la olla estaba intacta. El olor a carne fresca llenaba la choza, abriendo el apetito. La Achiké comió ávidamente con el ají que había molido la chica. Solo huesitos dejó y recién llamó a Naqtsa y a la chica para invitarles. Ninguna acudió.
Entonces, llamó a su hija con más fuerza y le contestó desde su barriga, llamó desesperada y la hija le contestó desde sus intestinos, entonces comprendió que había sido engañada y que se había comido a su propia hija.


Furiosa, emprendió la persecución a la niña. Ya iba a alcanzarla cuando la chica vio un zorrillo y le pidió ayuda.
-Tío zorrillo, por favor escóndeme, pues la Achiké me persigue (Tio Añas, pakekallameri, Achikemi qatipekaman).
El zorrillo se sentó y oculto a la niña dentro de su casa, junto a sus hijitos. Al poco rato, llegó la Achiké preguntando si por ahí había pasado una muchacha con un atado a la espalda.
El zorrillo que no había visto, pues había estado ocupado matando sus pulgas.
-¿Y quién está en tu casa? (¿Imataq yakarekan wayikichoqa?).
-Están mis hijitos y sus pañales- dijo el zorrillo, y molesto, roció a la vieja con sus orines fétidos.
Mientras, la chica huyó como pudo. A recuperarse, Achiké siguió su persecución y la niña al verse alcanzada rogó al gran zorro:
-¡Tío zorro, por favor ayúdanos! (¡Tio Atoq pakekallameri, akse ketsu!).
El zorro, compadecido, la envolvió con su pomposa cola.
-¡Zorro ladrón! ¿No ha visto a una chica con su atado pasar por acá? (suwa atoq, rikarqonkiku kepa china pasaqta)- preguntó la Achiké.
-¿Acaso te debo para estar atento de tus urgencias?- le dijo enojado el zorro, y aprovechó para meter de un tirón a la vieja a su cueva y abusar de ella.


Mientras tanto, la niña, la casi exánime, seguía huyendo, y al ver al cóndor rogó.
-Tío cóndor, escóndeme, por piedad, ayúdame otra vez, la Achiké me persigue (Tio Kuntur pakekallameri yape yanapekáme)- le dijo.
Cuando llevó la Achiké, más furibunda aún, preguntó:
-Cóndor calvo, pestífero, ¿has visto a una chica? (qala peqa Condor asyaq condor ¿manaku rikarqonki huk china pasaqta?).
-No- le dijo el cóndor-, estoy muy ocupado tocando mi quena.
-Pero bajo tus alas yo veo algo (ripriki rurinchoqa imataq yakarekan)- gritó la vieja.
- Sí es así, ¡Toma!- dijo el cóndor, y le dio un feroz aletazo que la desmayó.
La niña, aprovechando el momento, huyó; pero estaba tan cansada, que cayó al centro de una gran pampa. Se hincó de rodillas, ya nadie había para que la auxilie; entonces abrazando su preciada manta, se puso a rezar a San Pedro. Él, quien todo lo había visto, le envió presto ua gran soga de oro. La niña cargó su manta y empezó a subir al cielo.
Mientras, la Achiké también llegó a ese lugar y solicito una soga a San Pedro, así:
- Calvo San Pedro, a mí también mándame una soga, suelta la soga viejo tonto (qala péqa San Pedro, waskári kachekami noqapaqpis, mana valeq aukis).


Y San Pedro, molesto, le soltó una soga de paja junto con un ratoncito.
La vieja cogió la soga y subió con avidez, ya iba a la par con la niña, cuando vio al ratoncito roer la soga.
-Ratón viejo y feo. Creo que te estas comiendo mi soga (Aukis ucush ¿waskatatsun mikikanki?).
-No abuela, yo como mi fiambre que es pan duro (manam awicha, noqaqa ikuku mirkapatam, rukuchu tantatm).
Por fin, la niña alcanzó el cielo, puso a los pies del Creador su penas, y a su hermanito. El buen Dios bendijo a niño muerto convirtiéndolo en un ángel hermoso, igualmente a la valerosa niña.


Mientras tanto, la Achiké también llegó a las puertas del cielo. Le faltaba solo unos centímetros, cuando el ratón trozó la soga y la Achiké, dando tumbos y retumbos, caía a la  tierra a toda velocidad gritando:
-¡A la pampa nomás, al agua nomás! ¡A la pampa nomás, al agua nomás! (¡Pampallaman, yakullaman!, ¡Pampallaman, yakullaman!).
Pero su pedido no fue escuchado y cayó sobre la punta filuda de una gran roca; su sangre y sesos se desparramaron por todos los cerros, originando el eco que hasta ahora nos remeda.

Ardiles Poma, Violeta. 2007. Cuentos de Shullya. Editorial San Marcos.

 

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Creado con Wix.com

Creado por:

Tracy Nicole Depaz Cruz

Jesús Daniel Osorio Támara

Estudiantes

 

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